El ministro de Economía, Luis Caputo, es el funcionario más rico del gabinete. Y mientras urge a los argentinos a sacar sus ahorros del colchón, mantiene el 95% de su dinero en el exterior
https://t.co/Wq4bdRu6tf
DESMANTELAN LA OFICINA DE PRESUPUESTO DEL CONGRESO
Estamos a muy pocos días de que el Gobierno nacional deba presentar el Presupuesto 2027 ante el Congreso, y lo que ocurre con la Oficina de Presupuesto del Congreso es grave.
Primero, avanzaron en una intervención de hecho sobre un organismo que fue concebido para brindar información técnica, independiente y objetiva al Poder Legislativo. Luego vino la desarticulación de equipos de trabajo clave y el desplazamiento de profesionales con experiencia acumulada. A esto se sumaron la designación de una directora interina y la prohibición de elaborar y difundir informes.
A esto se agrega una situación de ahogo financiero que afecta el normal funcionamiento de la institución. Y ahora, según trascendió, el titular de la Oficina habría presentado su renuncia.
Tomaron por asalto la Oficina de Presupuesto del Congreso de la Nación. Como forajidos, avanzaron sobre una institución creada para fortalecer la capacidad de control y análisis del Poder Legislativo. Resulta inevitable recordar lo que ocurrió con la intervención del INDEC durante los gobiernos kirchneristas: cuando se debilitan los organismos técnicos, se desplaza a sus profesionales y se condiciona la producción de información independiente, se termina afectando la calidad institucional y el acceso a información confiable.
La Oficina de Presupuesto del Congreso cumple un rol fundamental para que diputados y senadores puedan analizar con rigor el impacto fiscal, económico y presupuestario de los proyectos y, especialmente, del Presupuesto Nacional. Debilitar su autonomía técnica y su capacidad operativa justo cuando se acerca la presentación del Presupuesto 2027 pone en riesgo mecanismos esenciales de transparencia y calidad de la información.
Estamos frente a una nueva embestida contra el control parlamentario efectivo. ¿De qué libertad y eficiencia hablan si se silencian o subordinan las voces técnicas que deben contribuir al debate público con evidencia y profesionalismo?
"Countries will fare best if they know what they offer (land, energy, tax breaks) & what they ask (hiring targets, workforce training, domestic access). Competing on incentives hoping development follows is how resource booms become missed opportunities."
https://t.co/tGaOqujUmb
💪Agradecemos a nuestra amiga y gran aliada de la causa venezolana, Lilia Puig, diputada del Parlasur, por alzar la voz por la situación de los presos políticos en Venezuela.
#QueSeanTodos 🇻🇪
LEY DE GLACIARES | AUDIENCIA PÚBLICA
Junto a María Inés Zigarán, Carolina Basualdo, Pablo Juliano, Pablo Farías, Juan Brugge y Nicolás Massot solicitamos a las comisiones de Recursos Naturales y Conservación del Ambiente Humano y de Asuntos Constitucionales que, previo al tratamiento de la media sanción que modifica la Ley de Glaciares, se garantice la convocatoria a una audiencia pública, en cumplimiento del artículo 41 de la Constitución Nacional, la Ley General del Ambiente (arts. 2, 19, 20 y 21) y el Acuerdo de Escazú (Ley 27.566).
Tratándose de una reforma que podría implicar una reducción en los niveles de protección ambiental actualmente vigentes, entendemos imprescindible garantizar una instancia de participación pública amplia, plural y efectiva. La modificación de un régimen de presupuestos mínimos ambientales (más aún cuando involucra reservas estratégicas de agua) no puede avanzar sin debate técnico, transparencia institucional y respeto por el principio de no regresión ambiental.
Fabio Quetglas: “La Reforma Laboral es necesaria, aunque seguramente no estemos ante la mejor reforma esperada” https://t.co/CqdQdla4nk @FundacionAlem@fabiojquetglas
LA RENUNCIA A PENSAR
La ignorancia elegida.
Pensar no siempre significó opinar. Mucho menos reaccionar. La palabra proviene del latín —pensāre—, y antes de habitar la mente habitó la balanza: “pesar”, medir, sopesar. Pensar era detenerse, comparar, evaluar el peso real de las cosas. No era un impulso, sino un acto deliberado. No consistía en elegir lo que más ruido hacía, sino lo que más consistencia tenía. De esa acción física —la de poner ideas en un platillo y argumentos en el otro— nació la actividad intelectual de juzgar, razonar y crear sentido. Pensar, en su origen, no era gritar más fuerte, sino elegir lo que resistía el peso de la razón.
En la actualidad, pensar se ha vuelto un acto incómodo. No peligroso —aún—, pero sí incómodo. Incómodo como decir una verdad que no calza, como hacer una pregunta cuando todos esperan un aplauso, como introducir una duda en una sala llena de certezas prefabricadas. Vivimos en una época que no castiga la ignorancia, sino algo mucho más perturbador: el intento honesto de comprender.
No hablo de la ignorancia clásica, esa que nace de la falta de acceso o de formación. Esa siempre ha existido y, en cierto modo, podría ser excusable. Hablo de una ignorancia nueva, más sofisticada y orgullosa: la ignorancia elegida, la renuncia voluntaria a pensar. No porque no se pueda, sino porque pensar exige esfuerzo, y el esfuerzo hoy parece una forma de descortesía social.
Hemos cambiado el razonamiento por la consigna, el argumento por el eslogan, la reflexión por el gesto airado. Ya no importa entender, importa adherir. No importa saber, importa pertenecer. La verdad, esa vieja señora incómoda, fue desplazada por algo mucho más funcional: la narrativa útil. Si sirve a los míos, es cierta; si incomoda a los otros, es falsa. Así de simple. Así de brutal.
La ironía es que nunca tuvimos tanto acceso a información, y nunca pensamos tan poco. Navegamos océanos de datos con la profundidad de un charco. Opinamos antes de leer, juzgamos antes de escuchar, condenamos antes de comprender. Y lo hacemos con una convicción admirable, casi heroica. Dudar, en cambio, se ve como debilidad. Matizar es sospechoso. Pensar demasiado es, francamente, una pérdida de tiempo.
Las redes sociales han hecho de esta renuncia un espectáculo. Allí, la indignación se premia, la furia se viraliza y la complejidad se castiga. El que grita más fuerte parece tener razón. El que se detiene a pensar es acusado de tibio, de traidor o, peor aún, de inteligente. Porque pensar no solo incomoda: desordena. Y el desorden intelectual es imperdonable en tiempos de trincheras morales.
Pero seamos justos. Detrás de esta renuncia no hay solo pereza; hay miedo. Miedo a quedar fuera, a no ser parte, a sostener una idea sin el respaldo inmediato del coro digital. Pensar en soledad exige coraje. Exige aceptar que uno puede estar equivocado. Y eso, en una cultura obsesionada con ganar discusiones, es casi un acto de suicidio simbólico.
Lo trágico es que las sociedades no se desmoronan primero por la mentira. Se desmoronan antes, cuando pierden el deseo de verdad. Cuando ya no quieren entender, solo confirmar. Cuando dejan de preguntar porque la respuesta podría incomodarles. Cuando pensar deja de ser una virtud y pasa a ser una rareza.
Tal vez el verdadero acto subversivo de nuestro tiempo no sea protestar ni denunciar, sino algo mucho más sencillo y radical: detenerse, leer, escuchar y pensar. Pensar de verdad. Aunque duela. Aunque incomode. Aunque no sume likes.
Porque el día en que pensar deje de ser incómodo, probablemente ya será demasiado tarde.
@MisColumnas
La soberanía y la autodeterminación no son atributos del poder de facto, sino derechos del pueblo. Así lo establecen la Carta de las Naciones Unidas y los Pactos Internacionales de Derechos Humanos.
Cuando un régimen surge de la captura del Estado por una organización criminal —narcotráfico, corrupción sistémica y represión— deja de expresar la voluntad popular. En ese contexto, no puede invocarse ni soberanía ni autodeterminación como escudos jurídicos: el derecho internacional no protege a gobiernos ilegítimos, protege a los pueblos.
Ahora bien, que hoy se apele a acciones unilaterales revela también el fracaso del sistema internacional. Durante más de 30 años, los mecanismos multilaterales fueron incapaces de prevenir, sancionar o revertir la degradación institucional de Venezuela.
Esto obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: si el derecho internacional solo aparece cuando actúa una potencia y no cuando colapsa una democracia, entonces necesita reformas profundas. Un orden jurídico que no puede defender a los pueblos frente a regímenes criminales termina siendo funcional al abuso que dice combatir.
¿Un ajuste sin programa, una política sectaria y un extremismo que desprecia las instituciones pueden ser la fórmula para resolver los problemas del país en los próximos dos años?
Escribí en @nuevospapeles "Siete desafíos argentinos"
https://t.co/eDyfECPOWr